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PROMO 80 - "LUIS ESPINAL - SANGRE NUEVA"

PASION Y MUERTE - LUIS ESPINAL

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LUIS ESPINAL
LUIS ESPINAL - SANGRE NUEVA en una frase

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PASIÓN Y MUERTE DE LUCHO ESPINAL

TOMADO DE INTERNET


En diciembre del 77, Bánzer, presionado por Carter, anunció unas próximas elecciones y concedió una tímida amnistía política. Un grupo de mujeres mineras inició una huelga de hambre para obtener una amnistía plena y sin restricciones. Espinal no sólo hizo gestiones ante el arzobispo de La Paz, Mons. Manrique, para que las mujeres fuesen acogidas en el arzobispado, sino que junto con un grupo de la Asamblea de Derechos Humanos ingresó también él en la huelga de hambre que duró 19 días. La huelga se extendió, miles de huelguistas presionaron al gobierno en un movimiento de solidaridad nunca visto. Desalojados por la policía de las dependencias del periódico Presencia, mientras a instancias de Espinal se leían las bienaventuranzas de Lucas, él y un pequeño grupo prosiguió la huelga de hambre y de sed, hasta que el gobierno concedió la plena amnistía.


De esta huelga poseemos una amplia narración de Espinal que ha sido llamada su Testamento político?espiritual(40). La huelga de hambre constituyó una de las experiencias más intensas de su vida. Tuvo conciencia lúcida de que se jugaba la vida, pero esto le producía una gran serenidad: "La vida es para eso, para gastarla... por los demás".

Aunque no parecían muy propicias las fechas de final de año para la huelga, se decidió emprenderla el 31 de diciembre. Había que aprovechar la ocasión. La huelga de hambre era una experiencia límite a la que se lanzaba con serenidad, sin entusiasmo, críticamente, simplemente para apoyar a las mujeres mineras.

Espinal experimenta que, a pesar de su condición de "intelectual pequeño burgués", en la huelga se ve inmerso en una experiencia histórica, popular y revolucionaria. Por primera vez en su vida se siente útil al pueblo. El eco popular que la huelga tiene les hace sentirse parte del pueblo y estar al servicio del pueblo.

Para Espinal, extranjero nacionalizado, a través de la huelga se siente como aceptado por el pueblo: "Morir por un pueblo puede dar más carta de ciudadanía que nacer en él".

La huelga de hambre es ante todo una experiencia de la propia corporalidad. Lucho describe en un fino análisis el dolor de los primeros días, el hambre, el dolor de cabeza, la debilidad, la somnolencia, el cansancio, la irritación de los ojos, el dolor en la boca... Más tarde cuando radicaliza la huelga de hambre en huelga de sed nota enseguida los efectos: la boca y garganta se secan, la lengua parece de corcho, en la boca no hay saliva, se hace difícil hablar, la sed se convierte en el dolor de un cuchillo clavado en el paladar y que va hasta el cerebro.

Espinal cae en la cuenta que nunca había experimentado el hambre: lo que el pueblo lo sufre cada día y sin opciones, él lo ha experimentado como en un laboratorio. Esto lleva a comprender mejor al pueblo, su valentía y su ira ante la injusticia.

Por otra parte, el hambre y la misma somnolencia producen un estado de especial lucidez, en el límite entre la vigilia y el sueño, de emotividad, de agresividad, nerviosismo, pánico, ansiedad, de radicalización de posturas anteriores. La huelga se convirtió en el mejor cursillo de concientización política. Descubre también la eficacia de la no violencia activa en la línea de Gandhi y de Luther King.

Para él fue además una profunda experiencia espiritual. Aunque celebraron dos misas en el grupo, el no sentía la necesidad de "espiritualizar" la huelga:

El hambre me resultaba un magnífico rito religioso de solidaridad y comunión. ¿Por qué buscar a Dios por otros caminos, cuando sufro solidariamente con mis hermanos? ¿Por qué buscar a Dios en el misterio, cuando eran tan tangible en la vida?

Desde el pueblo las cosas se veían más claras. Las distintas posturas de hombres de la Iglesia también quedaban clarificadas: la cercanía humana y la actitud firme de Monseñor Manrique contrastaba con la postura del Cardenal, que pactó con el gobierno sin contar con los huelguistas.

La huelga fue una experiencia grupal: si celebrar juntos une, mucho más hambrear juntos. La victoria final había sido importante. Se consigue la amnistía plena: "No solamente se ha conseguido lo que se pedía, sino que se ha dado esperanza y osadía al resto del pueblo".

Para él, la experiencia del triunfo limpio y desinteresado le hacía valorar más positivamente aún la huelga de hambre:

Esto me ha dado la impresión de ser estos unos días que valía la pena vivirlos, que valía la pena sacrificarlo todo por ellos. Hemos visto claramente que hay cosas que valen más que la propia vida. ¿No será un ideal muy rastrero esperar morirse de senectud y vejez?, ¿no será mejor morir por algo?

La narración de la huelga concluye con una expresión bien típica suya, llena de sencillez y enemiga de toda vistosidad individualista:

Finalmente, no hemos hecho la huelga de hambre tú o yo; ha sido todo un pueblo, hemos sido uno más dentro de la corriente. No he hecho nada extraordinario; era algo que simplemente había que hacer.

Dos años más tarde, la noche del 21 de marzo de 1980, Espinal había ido al cine para su trabajo de crítica cinematográfica, como acostumbraba cada final de semana. Había visto una película titulada "Los desalmados". Al salir del cine, unos desconocidos introdujeron a Espinal en un jeep. Un joven oyó los gritos: "Era cerca de medianoche. Yo estaba estudiando, cuando escuché unos gritos en la calle. No sé cuánto tardé en asomarme a la ventana. La calle estaba oscura y pude distinguir sólo unas sombras. Vi que una persona era arrastrada hasta un jeep que partió rápidamente".


Los asesinos, dirigidos por el paranoico Arce Gómez, trasladaron a Luis Espinal al matadero del barrio de Achachicala, donde fue torturado durante unas cuatro horas y al final asesinado con 17 balazos. Al amanecer un campesino encontró su cuerpo tirado en un basural camino de Chacaltaya.
Dos días después era asesinado en San Salvador, Monseñor Romero.


El entierro de Espinal fue una verdadera manifestación popular de duelo. 80 mil personas lo acompañaron al cementerio. En su tumba se puede leer esta inscripción: "Asesinado por ayudar al pueblo".

Durante el sepelio algunos lanzaron el grito de "Arcesino", refiriéndose a Arce Gómez. Pero hubo militares que brindaron con champagne aquella noche: Espinal era un estorbo. Cuatro meses más tarde, con las botas manchadas en sangre, García Meza y Arce Gómez subían al poder en un golpe militar.

 

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